Con las celebraciones que se han realizado con motivo del Bicentenario de Chiloé hemos querido sumarnos aportando desde lo que estas columnas han buscado: generar un espacio de reflexión a partir de este archipiélago, siempre en un diálogo entre pasado, presente y futuro. Para ello hemos proyectado un ciclo de columnas que abordarán la tensión entre ruralidad y progreso. Aunque hemos dedicado algunas entradas en el pasado a este tema (La neblina de la inseguridad: una realidad presente y Quo vadis Chiloé?), lo cierto es que han sido tan solo aproximaciones, esbozos tangenciales. El Bicentenario es una ocasión propicia para intentar una mirada más de fondo, aunque sin por ello querer agotar esta temática. Cada una de estas entradas, que formarán parte de este ciclo, pueden leerse como puntos de vistas, ángulos que buscan aportar nuevas perspectivas a esta singular dicotomía que Chiloé vive hace varios años: entre la tradición que persiste y el progreso que transforma.
Para esta primera columna, nos ha parecido propicio volver a un autor que visitamos en otro momento. Se trata del poeta y ensayista norteamericano Wendell Berry (1934-2011). De entrada podría llamar la atención recurrir a un autor de otras latitudes, ajeno a este territorio. Mas, lo cierto es que cuando se trata de abordar preguntas y cuestionamientos de fondo, aquellas que son elementales al hombre y su entorno, un elemento central es reconocer que ellas son siempre universales, es decir, trascienden a todo tiempo y cultura. El lenguaje, el estilo, pueden variar, sin duda, pero no el contenido. En segundo lugar, Wendell Berry no solamente fue un poeta y escritor, fue ante todo, un gran amante de la tierra, un hombre que vivió muchos años como agricultor. Comenzó con una granja de tamaño medio y terminó viviendo en una tierra de más de 40 hectáreas en el estado de Kentucky, Estados Unidos. Así, sus escritos siempre reflejan su experiencia, el hombre que trabajó la tierra. A partir de este contacto tan directo logró realizar algo poco común: escribir poesía y ensayos. Pero no son escritos puramente nostálgicos, de un pasado que se añora como pérdida, como pueden ser algunos poemas de Jorge Tellier, tampoco se trata de poemas circunscritos a la problemática indigenista como Elicura Chihuailaf, ni tampoco tan cósmicos como los de Juan Pablo Riveros. Se trata de poesía que propone una resistencia, no combativa, sino desde la cotidianidad rural, el habitar humano en su más simple expresión. Es la honestidad de un hombre que sabe valorar y jerarquizar lo espiritual sobre lo material, lo eterno sobre lo inmediato, lo gratuito sobre lo calculador. Para esta ocasión hemos traducido un poema suyo titulado The Peace of Wild Things escrito a fines de la década del 60. Presentamos la traducción y a continuación un breve análisis con el cual buscamos dar algunas luces sobre la situación en Chiloé. Esperamos conectar ambos mundos, ver cómo los versos de este poeta americano, también nos pueden interpelar a quienes vivimos en este archipiélago, donde mar y tierra nos cobijan.
LA PAZ DE LO SILVESTRE DE WENDELL BERRY
Cuando en mí la desesperación por el mundo crece,
cuando de noche con el más leve sonido despierto,
imaginando cómo mi vida y la de mi hijos con el miedo sería,
donde el pato anida voy y me tiendo
cuya belleza sobre el agua descansa,
allí donde la garza se alimenta.
Voy a la paz de lo silvestre,
donde nadie por su belleza con dolor previsto cobra.
Llego a la quietud del agua en presencia,
y siento sobre mí las estrellas por el día ocultas.
Por un momento, en la gracia del mundo descanso,
y libre soy.

Dos palabras nos parecen importantes retener de entrada. “Desesperación” y “miedo”. ¿Por qué este agricultor-poeta apela a ello? El autor compuso este texto en la década del 60. Estamos en plena Guerra Fría, el miedo a una guerra nuclear, el desastre a una destrucción masiva era algo que se vivía en el ambiente. El poema nos habla de una angustia que suscita estos sentimientos. Por eso, en medio de la noche se habla de cómo el más leve ruido nos despierta. ¿No es eso lo que acontece cuando hoy comenzamos a vivir inseguridad en estas latitudes? ¿No hemos reparado en cómo los controles policiales aumentaron, cómo las alarmas comunitarias crecen día a día en casas y barrios que antes nos jactábamos de ser seguras a cualquier hora? Sí, lejos hemos estado de los miedos a una Guerra Fría, pero hoy vivimos otros miedos, también angustiantes. El poeta piensa de inmediato en sí mismo y en sus hijos, como un contraste entre presente y futuro. La vida ahora (yo) y la vida futura (hijos). Ese miedo genera la angustia de no saber qué pasara en el futuro, si ese miedo dañará a quienes quiero. ¿No es eso en lo que pensamos cuando sentimos miedo? Pero es un miedo que tiene que ver con un futuro incierto, por eso se habla de “imaginar”. Concibe y proyecta esa angustia sobre un futuro que no resulta esperanzador, aunque todavía no exista plenamente, pero lo presiente, por eso no logra dormir ¿Qué será de mí y mis seres queridos mañana? En este sentido la celebración del Bicentenario es una bisagra, un hiato en la historia de Chiloé. Las celebraciones de este Bicentenario son un motivo para festejar en cuanto se recuerda algo (tradición, el camino recorrido), 200 años, dos centurias, no es menor. Pero esa celebración no puede solamente mirar atrás, también debe ser bifronte, y proyectar este ahora que recuerda y festeja a un futuro, pues nuevas generaciones serán quienes hereden estas tierras. Y es aquí donde surge la tensión, pues todo se recuerda y/o proyecta desde un presente, es ahora donde vivimos, donde celebramos estos 200 años. En efecto, ¿dónde buscamos hoy refugio en estas tierras ante nuestras incertidumbres?, ¿en el pasado remoto que ya fue, viviendo de un modo puramente nostálgico?, o, ¿en el orden de una ciudad ideal que se jacta de ser eficiente y productiva, cuando los descartados (alcóholicos, sin techo, desempleados, etc.) son cada día más difíciles de ocultar? ¿en el consumo exacerbado que aumenta día a día en estas latitudes a través del comercio electrónico, servicios a domicilio?, ¿en una industria cada vez más global, que no tiene piedad con lo local? El lugar que busca el poeta para refugiarse es esclarecedor, “en lo silvestre”, sí, todo lo contrario de lo que dicta la tendencia, lejos del ruido, donde todo avanza rápido, donde día y noche se confunden en un ajetreo que no duerme. Pato, garza y agua; flora y fauna que todo aquel que vive o ha visitado Chiloé puede sin mucho esfuerzo proyectar en su imaginación, pues parajes así todavía existen, son parte de su geografía. El poeta nos aconseja ante ese miedo ir a ese lugar donde no hay progreso. Pero no es solamente un desplazamiento local, se trata de algo más profundo, es una experiencia que acontece solamente desde la vivencia de quien está atento, de quien se desconecta momentáneamente del mundo. En la instantaneidad de una selfie no hay acontecimiento, ello es simplemente volátil, dato. La actitud que se requiere es otra. Desasir, desprenderse, ese es el movimiento que expresa Berry en estos versos, contrario a la lógica del mundo actual que consiste en acumular, retener. El lugar donde el poeta encuentra cobijo es así presencia, movimiento cíclico, quietud. ¿Pero no es esto una contradicción? Necesitamos trabajar, necesitamos hacer cosas, no podemos quedarnos en un presente estático. Sí, también el agricultor y el pescador trabajan, y también buscan modernizar su actividad mediante tecnología y manejo sustentable de los recursos: rotación de cultivos, energía eólica y solar, maquinaria amigable con el medio ambiente, etc. La naturaleza es un bien cíclico, se regenera, es un proceso vital, por eso es infinito, nunca un recurso progresivo, esto último es finito, pues termina por agotarse o a lo sumo en ser vendido que es lo mismo, pues se transforma en uso (habitacional o industrial), deja de ser presencia para pasar a ser algo útil, disponible como bien de consumo. La diferencia de todo esto radica en la concepción de hombre que subyace. En el caso de la vida del progreso sin quietud, es una vida donde lo material es absoluto, la vida del espíritu solamente es, en el mejor de los casos, algo privado, producto de nuestra psicología individual. En el segundo caso, la vida que nos habla el poeta es un equilibrio entre lo orgánico y lo espiritual, dos mundos que se complementan, como parte de una misma realidad, una no puede existir sin la otra.

Esta complementariedad también nos invita a comprender de paso que lo rural no es sinónimo de un ecologismo profundo, como un recurso absolutamente intocable, ello sería idolatrar la naturaleza. En rigor, es un bien “vivo” que busca interactuar con nosotros, desde el trabajo agrícola o pesquero (tierra y mar) hasta el beneficio de gozar con su belleza. Es ese espacio donde lo silvestre nos sorprende, porque es un don gratuito, ha estado ahí, sin que nadie lo construyese, mas sí fue creado. ¡Cuánto nos falta aún por comprender esta simple distinción!: construir no es lo mismo que crear. Lo silvestre, está ávido para que podamos descubrirlo, su natural belleza nos encanta, nos deleita, nos otorga algo que no pide nada a cambio. Como dice agudamente el verso donde nadie “con dolor previsto cobra”, esto es, no es una transacción que esté regida por el mundo económico, no hay valor de intercambio, es puro don. Pensemos además lo siguiente. Los materiales de construcción han incidido hoy positivamente en la rapidez y facilidad para levantar viviendas en Chiloé de mejor calidad, donde ya no es necesaria una minga, ¿existe una versión equivalente para un modo de “construcción solidario”?, ¿las nuevas viviendas de subsidio contemplan un espacio razonable para mantener una tradición de ruralidad, donde se pueda al menos cultivar una pequeña huerta, tener algunos animales y un jardín para que los niños jueguen? Valoremos las tierras rurales que todavía hay en Chiloé, donde lo silvestre sigue siendo presencia, donde el paisaje nos sorprende y nos calma ante la vorágine de los espacios entendidos solamente como recurso y uso eficiente, donde la tierra se transforma en suelo, donde la agricultura pasa a ser geomensura para venta de proyectos inmobiliarios a gran escala.

Cuando nos dejamos cobijar, como invita el poeta, entonces la tierra nos comparte sus secretos, donde puedo descansar en la gracia del mundo. Así, una tarde de ocio, puede invitarnos a caminar deleitándonos con el mero observar y escuchar lo silvestre, o a compartir con otro, a contarnos historias de antiguos chilotes, misioneros y extranjeros, en fin, personas que habitaron estas latitudes y así imaginar el mañana como esas estrellas ocultas por el sol del día, como un futuro latente, que espera a nacer. No olvidemos que el trabajo sin descanso, el avanzar puramente cuantitativo no nos hace libres como señala el poeta.
El mensaje de Wendell Berry nos habla también a nosotros, la tensión de sus versos entre ruralidad y progreso no es algo local. Sin duda que Kentucky y Chiloé están separados miles de kilómetros geográficamente, pero unidos en la vivencia de una misma fractura.
Roguemos a María Santísima, madre también de todos quienes vivimos aquí sea siempre Estrella del Mar, norte seguro en nuestro navegar por la vida.
+ pax et bonum




















