Hace 73 años, un 18 de agosto, San Alberto Hurtado dejó este mundo. Pero su partida nos dejó un gran mensaje, tan fértil como silencioso. Este mensaje trasciende las fronteras de la misma institución que él fundó: El Hogar de Cristo. Sigue vigente, porque su raíz no es otra que la vida del mismo Jesucristo. Todos los años la Iglesia en Chile inscribe su memoria dentro de lo que conocemos como el “Mes de la Solidaridad”. Está en nosotros acoger esta invitación y no solamente recordarla, sino ante todo hacerla vida, tal como lo indica la Parábola del Sembrador: “Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra setenta, otra treinta” (Mt 13, 8).

En efecto, la vigencia de la obra de San Alberto Hurtado se debe a que logró darle un rostro a la miseria de los marginados, de los sin techo, de los niños y ancianos en situación de calle, de los alcohólicos, de los drogadictos, de los presos, en fin, de todos aquellos que el progreso gusta de ocultar, de esconder en estadísticas y gráficos abstractos, donde nadie ve rostros o reconoce nombres. Y, eso, aunque sea triste reconocerlo, sigue siendo vigente, sigue siendo una “moda”, que con el correr de los años nuestras grandes ciudades confirman a paso gigante. Chiloé no es la excepción, ciudades de mayor concentración de habitantes como Castro, Ancud y Dalcahue, por citar algunas, muestran ese rostro que conmovió al padre Hurtado, al punto de no quedar indiferente. ¿Observamos esto cuando vamos apurados realizando nuestros trámites?, ¿tenemos tiempo para ellos?
“Hermanos en Cristo: Acuérdense que aún más valiosa que la honestidad y la piedad, es la generosidad. Recuerden que no han cumplido el deber si pueden decir solamente: no he hecho mal a nadie, pues están obligados a hacer perpetuamente buenas acciones. Está muy bien no hacer mal, pero está muy mal no hacer el bien”.
¡Qué vigencia de palabras! Pareciera que San Alberto las hubiera dicho el Domingo pasado. Las pronunció en abril de 1944 como parte de una meditación radial. No requiere mucha imaginación pensar a este gran santo utilizando un espacio tipo podcast en algún canal de Youtube o Facebook para recordarnos a nosotros nuestro deber como cristianos. En el fondo lo que incita el mensaje de San Alberto es que la fe debe conectarse con la realidad, con nuestra cotidianidad, donde día a día nos topamos con el prójimo, es ahí donde debemos dar fruto, no solamente encerrados en los estrechos márgenes de una vida de ritos y signos que no escuchan lo que ocurre allá afuera. En la misma meditación añade:
“Todo el esplendor del cual se enriquece el cielo, se fabrica en la tierra. El cielo es el granero del Padre, pero el más hermoso granero del mundo no ha añadido un solo grano a las espigas, ni una sola espiga al sembrado. El trigo sólo crece en el barro de esta tierra”.
Frente esta creciente nube negra que se extiende por nuestras calles y barrios, es posible que surja el hastío e incluso el miedo. El deseo desesperado de querer simplemente negar esta realidad, porque no podemos lidiar con ella. El propio San Alberto, nos sorprende con su diagnóstico en su época frente a los horrores de la guerra:
“Odio y matanza es lo que uno lee en las páginas de la prensa cotidiana; odio es lo que envenena el ambiente que se respira”. Sentimientos negativos que no son de Dios y que nos pueden llevar a experimentar un egoísmo con el necesitado, cual fue el de Caín ante su hermano: “Yahveh dijo a Caín: ‘¿Dónde está tu hermano Abel?’ Contestó: ‘¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?’” (Gn, 4, 9).
Por eso, en este mes de la solidaridad, el mensaje de San Alberto es novedoso, pues puede volver a dar fruto una vez más en todo aquel que se compadezca del más necesitado. Donde el odio se transforme en amor y la matanza en vida. Porque donde hay odio y muerte no puede haber prójimo. Se trata de practicar nuestra fe, que de fruto en la más alta de las virtudes cristianas: la caridad.
“La doctrina de Cristo no es predicada en grandes extensiones de la nación chilena: la pampa está casi sin sacerdotes, parroquias sin párroco. Cuántos jóvenes, si pensaran en esta realidad, sentirían arder un muevo deseo en sus almas y comprenderán que hay una causa grande por la cual ofrecer sus vidas”.
Dejémonos, una vez más, contagiar por la vigencia de este santo chileno, que se dejó adoctrinar por la Verdad misma, Jesucristo. Él, que dijo a sus discípulos al explicarles la Parábola del Sembrador: “Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mt 13, 23).
San Alberto, ruega e intercede para que en estas tierras insulares no dejemos de practicar la caridad con los más necesitados, que seamos un hogar de Cristo viviente.
+ pax et bonum




















