En esta cuaresma 2026 quisiéramos dedicar algunas palabras que nos permitan valorar con mayor claridad su sentido. Hoy nos puede resultar difícil adoptar una actitud adecuada para vivir la cuaresma. La vorágine del mundo se nos impone cada vez con mayor facilidad. Ya no basta con encerrarnos en nuestro hogar. Portamos dicha vorágine con nosotros mismos, en nuestros celulares y dispositivos electrónicos. Pensar en un tiempo de cuaresma nos resulta una actitud extraña, quizás solamente para personas consagradas. Pero en rigor parte de esta tensión surge, porque quizás nos hemos acostumbrado a una forma de vivir la cuaresma ajena a lo que Dios espera de nosotros. Contrario a lo que estamos acostumbrados a pensar, lo cierto es que la cuaresma no ha de nacer desde un deber moralizante. Esta actitud termina más bien aferrándonos con mayor vehemencia a las actitudes que el mundo gusta de imponernos: placer, consumo, en fin, una vida más bien centrada en lo superficial y banal. En este sentido, no estamos dispuestos a desconectarnos de nuestra vida digital, porque todo esfuerzo que suene a “cuaresma” lo situamos como algo puramente restrictivo. Conviene decirlo desde ya: Dios es amor, es encuentro, no es un dios de prohibiciones en el sentido moralista. Cuánto podríamos avanzar en nuestra vida de fe si recordamos que Jesús mismo nos sintetizó los 10 mandamientos en 2 preceptos positivos: “ ʻamarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerzaʼ. El segundo es: ʻAmarás a tu prójimo como a ti mismoʼ” (Mc 12, 30-31).

Es sabido que antiguamente la cuaresma era precedida por carnavales, días de fiestas que mediante diversos excesos eran considerados una manera “humanamente” razonable para llevar 40 días de privaciones. Mediante esa catársis, algo gatillaba en el hombre común y corriente, así podía disponerse a entrar de mejor modo en este período de purificación. Mas, eso hoy no resulta convincente. Primero, como ya dijimos, porque la tecnología nos pone en constante contacto con el mundo, internet no duerme. Podemos cerrar nuestras puertas, refugiarnos en nuestras habitaciones y el mundo sigue ahí, ofreciéndonos un sin fin de posibilidades, seduciéndonos a estar en un infinito “scroll” de la pantalla, simplemente pasando el tiempo. En segundo lugar, ese ambiente o sustrato que nos daba un cobijo a vivir la cuaresma ya no está. Un amplio sector de las personas no se siente identificada con una vida de fe que conecta con prácticas concretas de piedad, pasó a ser un asunto individual, privado que no se expresa en el mundo, solamente, en el mejor de los casos, se respeta como parte de la libertad de cada sujeto. ¿Qué hacer entonces? Una posible manera de reconectarnos más con un espíritu cuaresmal es comprender el sentido positivo que este encierra como ya indicamos a propósito del pasaje de san Marcos. La cuaresma no ha de ser vivida como un conjunto de prohibiciones, sino antes bien como una invitación a crecer espiritualmente, a que nuestra vida se centre en lo que realmente me edifica como persona, en una vida plena, que me hace feliz por quien soy no por lo que tengo. Examinemos dos pasajes bíblicos que nos pueden dar algunas luces al respecto. “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde polilla y herrumbre los destruyen, y donde los ladrones horadan los muros y roban. Amontonaos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni herrumbre destruyen, y donde ladrones no horadan ni roban. Porque allí donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón” (Mt 6, 19-21). Este pasaje del Evangelio según San Mateo comienza con un mandato mediante una negación, no amontonéis tesoros en la tierra. El mandato negativo debemos contraponerlo, para profundizar en su sentido, en el otro mandato, consecuencia del anterior, “amontonaos tesoros en el cielo”. Esto significa, que en rigor lo importante no es el “no”, sino más bien el aspecto positivo. Jesús nos invita a que realicemos la acción positiva, juntar tesoros en el cielo, eso es lo importante. Si practicamos este precepto, se entiende el sentido del primero, de por qué no debemos atesorar tesoros en la tierra. Ahora bien, ¿qué son los tesoros en el cielo? Se trata de elementos propios de una vida que no está sujeta a lo corruptible. Las cosas del mundo pasan, pierden su valor, pasan de moda, etc. Vanidad de vanidades como dice el Antiguo Testamento en el libro del Eclesiastés. ¿No pasa con los modelos de celulares, los vehículos, la ropa, etc.? Incluso nuestros anhelos como expectativas de viajes, aumento de sueldo, incluso de salud, todo ello es pasajero. Quizás un modo de profundizar y captar con mayor claridad estos elementos espirituales está en releer las Bienaventuranzas, pues son indicaciones que son parte central de la vida de todo cristiano. Ellas apuntan a cómo vivir, Cristo como centro, modelo de vida que encarnó dichos preceptos en su misma persona. Por eso el pasaje citado de San Mateo concluye con “allí también estará tu corazón”, esto es, nuestra existencia. Cuando nuestro centro de gravedad está en las cosas del Cielo, nuestra vida se aligera, nuestros problemas, que sin duda existen y nos apremian, cobran otro peso específico, siguen ahí, pero no nos angustian, los llevamos de una forma distinta. Seguimos en el mundo, pero las cosas no gravitan como centro, sino que ellas son secundarias, nos ocupan, mas no nos preocupan. El segundo pasaje que puede ayudarnos es el que dice relación con la oración. “Tú, al contrario, cuando quieras orar entra en tu aposento, corre el cerrojo de la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará” (Mt 6, 6). Otro elemento que nos ayudaría mucho en recordar una vez más: Dios es nuestro Padre. Orar no es algo que dependa de mi puro esfuerzo individual. Cuántas veces no hemos visto una concepción de piedad cuaresmal centrado en el esfuerzo privativo donde todo recae en la persona. He vivido una buena cuaresma, porque yo me he privado de todas estas cosas. Todo lo contrario, aquí se trata de comprender que Dios es Padre, por ende, su propia realidad me cobija, me rodea y envuelve. Yo no puedo agregar ni quitar nada a su realidad. Por eso, orar es disponernos a ser sus hijos, siendo Jesús modelo de esa relación filial. Imitando a Jesús, podemos orar con sentido, pues tal como nos enseñó, la oración por antonomasia es la oración del Hijo al Padre. Nosotros al dejarnos guiar por ese relación de amor entre Hijo y Padre estamos disponiéndonos a recibir ese pago del cual nos habla el evangelista. Pago que no es otra cosa que la gracia de su amor.

Atrevámonos a vivir 40 días de amor, entendido como un amor que purifica, que positivamente nos llama a que le sigamos, no por nuestros esfuerzos, sino porque Él ha salido a nuestro encuentro. El ir al desierto no es una obligación, es una invitación de amor a vivir con el prójimo, simplemente dejémonos guiar por el Espíritu Santo, la tercera Persona Divina, que quiere saciarnos a través del Hijo con la Vida Eterna. “Y en seguida el Espíritu lo llevó al desierto. Y se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás” (Mc 1, 12-13).
Oremos para que que Jesús, Hijo de Dios, verdadero hombre y verdadero Dios, sea el centro de este período cuaresmal. “ʻVed ahí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán el nombre de Emmanuelʼ”, que se traduce: ʻDios con nosotrosʼ” (Mt 11, 23).
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