“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1). Estas palabras del profeta Isaías nos ayudan a introducirnos en el misterio de la Navidad. Se trata de disponernos adecuadamente a vivir en nuestros corazones el único evento que ha cambiado la historia, la Encarnación. Pero aunque podemos dar un espacio en nuestros corazones a este misterio de fe, con facilidad lo podemos relegar a un pasado remoto. Podemos pensar en nuestro interior: “Sí, el Hijo de Dios se hizo hombre, pero eso ocurrió hace más de dos mil años”. La añoranza por ese pasado, fácilmente puede enfriar nuestros corazones, diluir nuestra espiritualidad a rúbricas, a formalismos, a una fe vivida mediante ritos que son alimentados más por la costumbre que por un contenido real. Pregúntemonos lo siguiente: ¿son todas las navidades las mismas?, ¿no es acaso lo que hacemos siempre, preparar el árbol de Navidad, el pesebre, algunos regalos para amigos o familiares, la Misa de Noche Buena, la cena en familia?
Para superar esta incercia de un rito vacío, de una fe sin contenido es bueno profundizar en la palabra esperanza. ¿No es esto lo que profesamos cuando nos preparamos en adviento? La esperanza en que Jesús nació de María virgen y vino a salvarnos. Parte de esta vaciedad se debe a que la esperanza la reducimos a un mero mirar hacia atrás, es decir, concebimos la esperanza como recordar que aquello ocurrió, el nacimiento del Hijo de Dios fue un hecho que acepto en mi vida de fe, pero como sentido lo dejo relegado a un pasado que no se conecta con mi presente. Pero, a decir verdad, la esperanza tiene una dimensión de apertura, la espera siempre es a lo que está por venir, por siempre es motivo de alegría, que lo inesperado pueda entrar en nuestro presente, ¿no nos sorpende cuando un amigo nos visita o llama?, ¿no nos sorprende recibir un regalo? ¿Pero cómo puede ser eso posible, si Jesús ya vino?, ¿no es esto una contradicción para mi vida de fe? Creo en Jesús que vino al mundo, pero a su vez, debo esperar en un acontecimiento que no ocurre todavía.
Sin duda que nuestra vida de fe está enraízada en el bautismo recibido, acto sacramental que nos une a una vida nueva a través de Jesucristo, es decir, hemos quedado asimilados con su sacrificio a una vida eterna, esa es nuestra única esperanza como cristianos, es nuestro pasaporte para la vida eterna. Así lo manifiesta San Pablo es su epístola a los Corintios: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también nuestra fe” (1 Co 15, 13-14). Navidad, por tanto, no es solamente dejarnos llevar por una reflexión a meditar en un hecho histórico. Hecho que de por sí es sorprendente, no cabe duda, un auténtico milagro en nuestra historia. Mas, ese milagro se encadena a otro milagro, pues el milagro de la Navidad sigue actuando también en mi vida, en este presente, de modo que alimenta mi vida y la conduce a ese momento que es el paso de este mundo a la vida eterna. La auténtica vida comienza cuando termina ésta. Pasado y futuro se pliegan sobre mi presente, mi cotidianidad, mi biografía. Esa singularidad de cada uno de nosotros queda siempre asumida en la promesa de la vida eterna, nadie queda fuera, todos estamos invitados desde nuestras particularidades, es un milagro universal que trasciende cualquier barrera histórica, económica, cultural, etc. Como afirma San Bernardo: “La venida intermedia es oculta, sólo la ven los elegidos, en sí mismos, gracias a ella reciben la salvación (…) en esta venida intermedia viene espiritualmente, manifestando la fuerza de su gracia” (Sermón 5, En el Adviento del Señor). Esta venida intermedia es la que acontece hoy, en esta navidad. Dejémonos sorprender en esta navidad, cual venida intermedia, de modo que mi vida se deje conducir a la esperanza en la vida futura, la que comienza con la muerte, pues es la que nos ilumina en nuestro presente.
Hay un hecho curioso en cómo el mundo nos hace dudar en la esperanza que tenemos como cristianos. Su única fuerza nace de otra creencia, la que no hay nada más allá de la muerte. Y esa creencia es la que configura un mundo lleno de competencia, discordia, egoísmos, una brutal lucha por sobrevivir en un mundo sin esperanza, que se sabe frágil ante el inminente fin que implica morir. La infelicidad del mundo es la confirmación que se trata de un proyecto de vida fracasado y derrotado. Por eso nadie podrá ser feliz amando el mundo y apegándose a sus ilusorios momentos de placer y comodidad.
Así, el que ama el mundo se aferra desesperadamente a esta vida, como lo único cierto que posee, ama el mundo con locura, cual un auténtico amor irracional. En cambio, el que ama la vida eterna, aquella que nos prometió Jesús, no compite, ama con sentido, por eso se esfuerza que también otros crean, que se sumen a esta esperanza, al punto que está llamado a dar la vida por los demás. “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Jn 12, 25). No dejemos de meditar estos días en cómo Dios mismo que se hizo niño y nació en la marginalidad es la misma esperanza que sigue habitando en quien esté dispuesto escuchar su Palabra y vivirla, porque “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).
¡Feliz Navidad!
+ pax et bonum
Nota: Las imágenes son autoría de la artista británica Elizabeth Wang (1942-2016).




















